Lesbia mía: la creación literaria en Antonio Priante

4 junio, 2011

Literatura

por Javier Campelo

Hace ya años que este artículo espera ver la luz. En un primer momento iba a ser el primero de El Correo Literario y Mercantil, pero aquella historia quedó en agua de borrajas hasta hoy, cuando por fin se ha retomado. Ahora, como en aquel momento, me siento con la responsabilidad de saber que estoy marcando con banderitas el camino, señales de lo que El Correo Literario será en un futuro y que sugerirán tomar una dirección u otra. Este tema lo elegí para saldar una deuda personal, voy a escribir sobre Antonio Priante y su obra más conocida, Lesbia Mía.

Tenía ya a Priante en la cabeza, cuando me di cuenta de que lo que no tenía era el ejemplar del libro. En su día me vi obligado (y digo bien obligado, pues era lectura prescrita en mi Universidad) a sacarlo de la biblioteca de la facultad, y hasta hoy, por una cosa u otra, no me había propuesto conseguirlo. Supongo que imaginaba que un libro de tanta calidad no podía pasar por alto a lectores, crítica, editores y libreros, pero una vez más, estaba equivocado. Seix-Barral es la editorial poseedora de los derechos de la obra, y parece que no tiene ningún interés en reeditarla. Para cerciorarnos, me dispongo a escribirles un e-mail preguntando por las posibilidades que hay de ver en un futuro Lesbia Mía en el mercado, y si son inexistentes, por el precio de los derechos del libro (el siguiente paso es hacer una colecta, comprarlos, editar el libro y forrarnos devolviendo así el dinero a los inversores, más el porcentaje del beneficio).

Mail enviado. Prosigo comentando las dificultades que hallé para encontrar una unidad.

Al final y con mucha suerte, en la página de internet más importante de España en compra-venta de libros pude adquirir el último ejemplar disponible de la obra, que me vendió por el doble de su precio un librero salmantino.

Pero el esfuerzo y la intriga valieron la pena. Estoy hablando de uno de los libros que más me han marcado, si no el que más. Y ya no soy un curioso estudiante de literatura, los buenos tiempos de universidad quedan lejos, y al hacer esta nueva relectura quiero ver qué significa todo esto para mí. Sobre la triste poca repercusión del libro (un librero de la plaza Callao, en Madrid, me aconsejó que preguntara por él en una librería de temática gay y lesbiana que había cerca) poco más se puede decir. Si estas líneas permanecen en la cabeza de alguien y por azares del destino esa persona tiene un día la oportunidad de leer Lesbia Mía, espero que no lo dude.

Pero antes de abandonar el tema mercantilista, tengo que señalar que hoy sí que podemos encontrar El Silencio de Goethe o La Última Noche de Arthur Schopenhauer con estos literatos como protagonistas y El Corzo Herido de Muerte, sobre la vida y muerte de Mariano José de Larra, publicados ambos por la editorial Cahoba (¡una editorial con buen gusto!). Además, Priante también ha publicado La Encina de Mario, también descatalogada… Amigos, compren Priante antes de que Boris Izaguirre le coma el terreno y todo esté perdido.

Volviendo al tema que nos ocupa, mi primera intención era hablar sobre la obra de este autor en general, sus rasgos más sobresalientes, alguna opinión personal y probablemente equivocada, y el consejo habitual al desdichado consumista para que, por lo menos, oriente bien el billetero. Pero me he dado cuenta de que el Lesbia Mía (me voy a permitir poner el determinante delante del nombre propio, como si de una tonadillera se tratase, por la calidad que destila la obra, al igual que hacemos con la Gioconda, la Maja Desnuda o el Werther de Goethe) se merece un comentario único, entre otros muchos reconocimientos de gente más importante y culta que yo.

Este libro, entrando poco a poco en faena, está concebido como un intercambio epistolar. En cada epístola, los personajes, pertenecientes al mundo romano de la época de Julio César (éste es uno de los más logrados), dejan ver los lazos que les unen y las distancias, precipicios en algunos casos, que los separan. La elección de esta forma narrativa va mucho más allá que el facilitar el cambio de narrador, implicando un cambio de personaje principal y de punto de vista, y hace al lector partícipe de los sentimientos de cada uno de ellos sin enfangarse en su juicio. Gracias a esto, el prisma de la narración, la variedad de motivos literarios y argumentales se nos presenta de forma clara pero no única. Los hechos, personajes, desarrollo… son diferentes dependiendo del narrador de turno que, a menudo, y en especial cuando los comentarios giran en torno a la situación política, no se conforma con presentar unos hechos sino que trata de convencer al receptor de la carta de la razón de su criterio.

Por lo tanto, es una carta aparente. El autor utiliza el lenguaje directo, a un interlocutor, para ordenar magistralmente los temas a tratar (el amor y desamor de Valerio Catulo y Clodia, la convulsa política romana del momento y la llegada de una nueva forma de concebir la poesía) y dar saltos de tiempo y lugar muy precisos. En la misma carta, va a intercalar diálogos entre personajes abandonando la voz del narrador y beneficiando así el dinamismo de la obra. Además, acercará mucho más al espectador, que se ve inmerso en una escena casi teatral (el teatro viene luego) y con un sentimiento un tanto pecaminoso, de voyeur escondido detrás de unas matas. El hecho de recibir la información de tal manera, obliga al lector a tragársela por completo, sin medias tintas, sin que nadie nos cuente que X estaba muy triste, o que iba silbando por el linde del bosque. No, lo estamos viendo con nuestros propios ojos. Catulo se nos mostrará apasionado siempre, ciegamente enamorado, y más tarde trastornado por el dolor, haciéndose de rogar para posteriormente volver a suplicar al comprobar cómo sus desaires no obtienen beneficios. Por ello debemos subrayar la transformación que sufren los sentimientos de los personajes. Vemos una evolución constante en ellos, derivada de los cambios en la historia principal del argumento. Son claves los hechos que motivan estos cambios en el personaje principal, Catulo, y la forma en que éste abandona su lenguaje irónico y directo del principio de la obra por otro más sarcástico y derrotista, las cosas que cuenta y el tono. Todo ello está logrado de forma magnífica.

Quizás fuese buen momento para comentar los rasgos más notables de los protagonistas de las novelas de Priante. Por qué no, llamémosles los “Héroes”.

Nuestros héroes se enmarcan, únicamente, o en la época clásica, Cicerón y Catulo en La Encina de Mario y Lesbia Mía, o en el romanticismo, con Schopenhauer y Larra en La última noche de Arthur Schopenhauer o el Silencio de Goethe y El Corzo Herido de Muerte.

Larra y Schopenhauer son claros exponentes del periodo en el que nace su historia. Ambos son románticos, y como tal, van a ser personajes apasionados, brillantes, cultos y con el más importante punto en común: el pesimismo. El pesimismo será nuclear en Larra y motivará el fatal desenlace con el que el genial articulista decidió poner fin a su vida. Según el propio Priante, Larra era un suicida en potencia. Esa capacidad para acabar con la vida de uno mismo de siempre hubiera estado en él, y al confluir una serie de circunstancias, se pone en práctica. También según Priante, la diferencia entre Larra y Schopenhauer estribaría en que este último construye una “visión consoladora del mundo” y el primero no logra orientarse y se precipita rápidamente a la tragedia, a pesar de la gran capacidad de análisis y crítica que tiene en cuanto a lo social. Curiosamente, y buscando un punto común (otro) entre Schopenhauer y Larra, encontramos a Jaime Thierry. Éste es el protagonista de Las Noches del Buen Retiro, conocida novela de Pío Baroja de 1934. El por qué surge este tema a estas alturas de relato se me hace un poco difícil de explicar. Digamos que es un primo de todos ellos. Baroja bebe de Schopenhauer y crea unos personajes que, pese a la brillantez de sus pensamientos y su talento, se ven atenazados por su compasión, y acaban siendo devorados por las adversidades y por su falta total de capacidad para levantar la cabeza. El hecho de escoger a Jaime Thierry y no al más conocido Andrés Hurtado, teniendo en cuenta que ambos cumplen el requisito de ser compasivos, es que Thierry se envuelve de un ambiente similar al de Larra, es un literato, enamoradizo y por momentos le vemos imponerse a sus camaradas de la bohemia.

Tras este suprimible inciso sobre la proximidad entre Thierry y el Larra de Priante, prosigo.

Lo curioso de Catulo, después de haber conocido un poco más a Larra y Schopenhauer (siempre al modo de las novelas de Priante), es que es un personaje que guarda muchas similitudes con ellos. Pese a no pertenecer a la época romántica, es todavía más romántico que el propio Larra, cumpliendo cada uno de los estereotipos que sobre los autores románticos nos han contado siempre. Es idealista, joven, individualista, enamorado (de unos ojos, de unas palabras…) y tiene la capacidad de crear un mundo alrededor de su amada, a la que disocia de la realidad para incluir en tal mundo, y la incapacidad de una vez explotado ese mundo poético, no saber volver a la realidad. Además, en este caso concreto y al igual que Larra, es más avanzado que una sociedad normalmente conservadora, por lo que si bien no llega a ser un inadaptado, sí circula por otra vía diferente al del grueso de la sociedad. No se atiene a tantas convenciones sociales, y en los peores y más desesperados momentos, las va a ignorar totalmente.

Uno de los hechos importantes es que el nudo de la narración, el motivo de desesperanza en lo que un día fueron las vidas de Catulo y Larra, es el amoroso. Es un problema mundano y no filosófico o moral.

Además, es un problema inatacable para el romántico. El hombre progresista, el aventurado, extravagante, individualista… se encuentra con un personaje incalificable, como es Clodia, o Lesbia, según el momento. El desamor que envuelve a Catulo y le corroe puede tener que ver con el choque entre la concepción patriarcal romana y la concepción que Clodia tiene de sí misma. Vemos que es una concepción moderna de mujer (de igual a igual). Y es que aquel que habíamos llamado “héroe” como si de un drama romántico se tratara (imaginemos al Don Álvaro del Duque de Rivas en unas lides semejantes) sufre cuando se topa con la emancipación de la mujer, cuando ya no tiene que arrastrarse hasta las mazmorras del castillo a buscar a la amada o, como si del Orfeo de turno se tratase, después de descender a los infiernos descubriera que su Eurídice se está pasando por la piedra a todo un batallón de demonios. Está descorazonado porque es la primera vez que le tratan de igual a igual. Para entender la personalidad de Clodia, transcribo este pasaje en el que ella explica porqué no ayuda en un momento dado a Cicerón, tras la traición que él le había hecho eligiendo separarse de ella para acallar unos bulos que eran infundados:

“¿Por qué habría de hacerlo? Ayudar a Cicerón. Cada cual tiene lo que elige. Y las consecuencias de lo que elige. Renunció a nuestra amistad para seguir ahí, postrado para siempre a los pies de la bruja Terencia (su mujer, receptora y voceras de los bulos). Cicerón, uno de nuestros grandes hombres. Los hombres: Qué poca cosa sois los hombres.”

Aquí podemos ver la lucha interior que se desarrolla en Catulo, la búsqueda del desencadenante de tan dramáticos hechos. Catulo no entenderá cómo puede llevar una vida licenciosa, despreocupada, en boca de la gente… y buscará un antes y un después. Una Lesbia (la ideal) y una Clodia (la mujer).

 

Catulo: Siéntate, Cinna, por favor, y escúchame un momento. Si yo soy Orfeo y ella es Eurídice, ¿quién o qué fue la serpiente? ¿El inmundo animal cuya picadura malogró una vida luminosa y acabó por sepultarla en este mundo tenebroso?

Cinna: Quizá no hubo picadura, quizá no hubo serpiente. Quizá ella siempre ha sido así […] Si quieres, puedes preguntárselo. Viene hacia aquí. Será mejor que me vaya.

Catulo: no es necesario.

Cinna: adiós, Catulo. Y sal cuanto antes de este infierno, por favor.”

 

Además, vemos que este extracto se desarrolla de forma dramatizada. Es una segunda vía que el autor escoge un par de veces. Es un diálogo muy puro, con un lenguaje escogido, literario, en el que la adjetivación es perfecta y Catulo el personaje más reconocible de todos.

Sobre el hecho de que el núcleo de la novela sea la vida privada de un personaje histórico, cabe recordar que no tenemos entre manos una novela histórica, sino una novela enriquecida con la aportación de ciertos datos conocidos por todos y unos hechos que no colaboran en otra cosa que no sea en hacer más redonda la obra. Novela histórica es otra cosa (acordémonos de Los Pilares de la Tierra, o los bodrios del inigualable (por lo malo) Valerio Massimo Manfredi).

Gracias al estupendo marco que le otorga la realidad, y al método dialogado que emplea en Lesbia Mía, Priante dota de una nueva propiedad a su obra con la que pocos escritores sueñan con adornar la suya: el volumen. Con este término pretendo resaltar, valga la redundancia, la extrema cualidad que poseen los personajes de Priante. Rasgos perfectamente delineados se definen gracias a las opiniones de una primera, segunda y tercera persona. Un mismo hecho es relatado por diferentes personajes y en ocasiones hay una lógica divergencia que provoca que el lector vaya avanzando no sólo en la comprensión de ese hecho singular, sino en el total de la trama y la forma de pensar de los personajes.

Es decir, no será un narrador omnisciente quien diga sobre clodia que es bella, sensual, y cultivada, sino que Julio César añadirá a la primera y fugaz imagen que tenemos de Clodia los siguientes términos: “bella, inteligente, culta, distinguida. Pero en verdad yo os digo una cosa, y quede esto también entre nosotros. Por nada del mundo la querría yo por esposa” (p.12), para posteriormente añadir “la mujer del César no sólo ha de ser honrada, además ha de parecerlo”. Con ello Priante añade un matiz al personaje. Ni da pruebas ni cuenta hechos. Sólo rumores o comentarios de un personaje más o menos creíble. Es como arrojar la piedra y esconder la mano, pero literariamente. El autor irá añadiendo capas a los personajes según la obra avance, capas subjetivas pero que nos presentarán a los protagonistas de forma natural. Los harán “aparecer” ante nosotros, el público. Si fuera Priante podría definirme mejor a mi mismo y a mi forma de concebir el personaje, los argumentos y la trama, pero como no lo soy y cuento con un lenguaje y unos recursos muy limitados tendré que conformarme con decir que este efecto me parece sencillamente genial.

Un comentario al hilo: si Priante es capaz de aprovechar, por así decirlo, la historia real como marco, y reconstruir de una manera tan buena y tan peculiar, por lo menos para el que escribe estas líneas, una narración… ¿cómo no ha aprovechado ocasiones como la derrota de Trafalgar o el levantamiento del 2 de mayo para meterse de cabeza en el mercado? ¿Es falta de previsión o es dignidad? Y por lo tanto… lo de Pérez Reverte, autor, por lo que se ve, gran amante de las efemérides ¿es exceso de previsión o falta de dignidad?

Estas preguntas se contestan solas.

Literatura vs pasta gansa.

¿Y es que cómo un autor que se imbuye tanto en el proceso creativo podría hacerle guiños al mercado rápido? ¿Cómo un hombre que explica de la siguiente manera su propio disfraz a la hora de meterse en la piel del protagonista, podría flirtear con el lector amante del “¡¡cagüendios!!” y el BOOM BOOM, “¡¡a las armas!!”, tan de tebeo?:

“Tuve que darle la razón. No en otra cosa consiste el truco de nuestra épica: tomar unos personajes, unos acontecimientos históricos o míticos, y reelaborarlos de manera que se muestren plenos de sentido para el hombre de nuestros días. Es lo que yo he hecho con Atis y Cibeles, con Berenice, con Teseo y Ariadna. O lo que Calvo ha hecho con Io, o lo que el mismo Cinna con Esmirna. Las historias, las figuras que la tradición nos ha transmitido son en cierto modo inertes. Necesitan del toque mágico del poeta para cobrar vida auténtica. ¿Quién sabía del verdadero dolor de Atis hasta que yo lo descubrí con mis versos? ¿Quién de la auténtica rabia y desesperación de Ariadna hasta que yo la puse en la playa desierta, lanzando amargas e inútiles imprecaciones contra Teseo que se aleja en su nave? Y un extraño pensamiento me viene ahora. Pienso que, tal vez, para que los siglos conozcan el verdadero dolor de Catulo será necesario que un poeta en el futuro, cuya lengua y nombre ni siquiera puedo imaginar, escriba, quiero decir, reinvente mi propia experiencia atormentada.”

He querido reproducir este pasaje para zanjar el tema de la creación en Priante. El por qué del gusto por estos personajes, estos pasajes históricos, el propósito que tiene al recrearlos, los enlaces ocultos que él activa y el reflejo de la realidad que crea en la ficción. Es una realidad que posee un importante rasgo: la universalidad…

Además, en este pasaje Catulo habla ligeramente de la poesía épica de su tiempo. Es un tema que aparece frecuentemente, e incluso otros personajes son correligionarios de su mismo movimiento poético, como Helvio Cinna o Licinio Calvo. Ellos serían poetas amorosos, transformadores de la anterior poética formal, épica, general… ahora se puede hablar de amor, de la primera persona, de los sentimientos…

Por todo ello, debemos distanciar la obra de Priante de la novela histórica y saber entender el papel que la Historia juega, la Historia como instrumento. Es un instrumento erudito, de entretenimiento, y a su vez uno de los hilos que mueven al libro.

El telón comenzará a caer con la conversación entre Catulo y el personaje histórico más conocido de todos, Cayo Julio César, bajo la mirada distante, en la oscuridad, de su madre, Aurelia, que teje en un rincón como antaño lo hacían las mujeres. Que teje la ropa que vestirán sus hijos y marido, hasta que un día el ciclo acabe y deje de tejer.

Es una imagen difícil de describir y un maravilloso final… si es que lo fuera. Todavía queda el LIBRO DE COMENTARIOS DE HELVIO CINNA que aporta una visión externa y periódica de los hechos que termina por redondear una obra ya de por sí redonda.

Por los motivos que hemos comentado, no podemos considerar Lesbia Mía como una obra para expertos, para filólogos, para universitarios, amantes del mundo clásico, o chiflados por las bacanales. Lesbia Mía es “mítica” y debemos hacerla justicia. Es una obra redonda y universal, merecedora de ventas y loores. Que esto no se haya producido no es más que una circunstancia.

 

Si quieres saber más:

Blog “Proyecto Seleúcida”, apartado dedicado a Antonio Priante, donde el autor desvela la forma de concebir su novela El Corzo Herido de Muerte. Muy interesante: http://www.seleucid-project.net/index.php/category/autores-del-proyecto-seleucida/antonio-priante/

En el mismo blog, entrevista a Priante:

http://www.seleucid-project.net/index.php/2007/07/04/entrevista-a-antonio-priante/

 

PD: sin noticias de Seix-barral

 

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