Carne de mi carne

20 enero, 2012

Periferia, Usos y costumbres

por  redactora de El Correo Literario y Mercantil

Esta semana hubo otra triste noticia en Colombia. Y esta no fue muy relevante, la verdad, en un país en el que las noticias de masacres se dan a diario, seguidas de los deportes y el entretenimiento en los noticieros.

Pirry, uno de los periodistas más populares de Colombia (es joven, tiene conciencia social, es cool, podemos pensar. Y lo queremos, así lo acusemos injustamente de superficial) presentó un programa sobre el maltrato animal. ¿Y por qué en un país en el que a diario pueden morir diez personas en una masacre nos interesa el maltrato animal?

El origen es un video, un terrible video, que llamó tristemente la atención en España a principios de año. Básicamente, en el video se ve durante veinte minutos cómo un hombre tortura a un cachorro de dos meses y lo mata. Es un video viejo, fue colgado a principios de año, y en Colombia no fue mucho lo que sonó. Y hubiera quedado en el olvido al final, de no ser porque muchos elementos del video, que los internautas han estudiado hasta el cansancio, el hastío y la insensibilidad, parecían indicar que no era hecho en España, como afirmaba quien lo subió. Después de reconocer algunos elementos clave, Colombia se dio cuenta de la triste verdad: el tipo era colombiano.

Nuestra degeneración no se contenta con cadáveres de 40.000 personas que se quedaron en los caminos y las veredas de esta guerra. Nuestra degeneración se solaza en encontrar víctimas a cual más indefensa. El placer que experimentan muchos colombianos con el sufrimiento de otro ser vivo sería anómalo y escandaloso para cualquier ciudadano de otra nación. Noruega no se levanta todavía de su masacre del verano. Acá nos sorprendemos un poco y al día siguiente vamos a trabajar.

El otro día vi una conferencia en TED a cargo de VS Ramachandran.

El neurocientífico indio hablaba de la promesa budista de ser uno con el mundo como una realidad. Y todo gracias a un juego de neuronas que compartimos con otros de los primates y algún otro animal. Estas neuronas se activan al ver una acción, incluso al escuchar una palabra. Si alguien habla de leer, en mi cerebro se activarán las neuronas que darían origen a la acción en mí. Así no lea. Esto nos permite llegar a un nivel de conexión con nuestros congéneres que trasciende los límites de la materia, de la carne: la empatía. Empatía de acción, empatía de vista, empatía de tacto. Si veo que a alguien lo tocan, yo sentiré dicho tacto también, dice Ramachandran.

Y esta empatía que se define, no como llevarse bien con alguien, sino como la capacidad de ponerse en los zapatos de los demás.

Recientemente se descubrió que las ratas también sienten empatía. Una rata que ha convivido durante varias semanas con una compañera, no estará tranquila disfrutando de su comida si su compañera está encerrada. Se dedicará días enteros a encontrar la forma de abrir la jaula de su compañera y liberarla. Nos preciábamos en nuestro antropocentrismo de que la empatía era propia de los seres humanos. Nos preciábamos de que, si las ratas sienten empatía por otras ratas, nosotros la podíamos sentir por otros humanos, por animales, por plantas (¿le dolerá a la planta si le arranco una hoja?). Nos preciábamos de ser uno con el universo, literalmente.

¿Pero qué pasó con estas neuronas, con esta empatía, en el caso de asesinos como el de este cachorro, los guerrilleros y los paramilitares colombianos, los genocidas alemanes y ruandeses? ¿Por qué hay un momento en el que un individuo o un grupo de seres humanos pierden la capacidad de sentir lo que siente el otro?

Ver el video de esta tortura exige mucha, mucha fortaleza. ¿Qué es lo que impide que estos asesinos se reconozcan en otros? ¿Y por qué el ser gregario, la presión de un grupo se empeña en dañar esta capacidad empática en quienes todavía la tienen funcional?

En un momento del video, este hombre se para encima del cachorro, y podemos escuchar con claridad espantosa que sus costillas se rompen, como si se rompiera una galleta, debajo de sus pies. Este animal, y todos los animales y personas, compartimos los mismos órganos básicamente. El corazón de un perro es del tamaño de una pequeña fruta, el mío es del tamaño de mi puño. Pero ambos, en su tamaño determinado, son lo que cada uno de nosotros necesita para vivir. Mis costillas son más gruesas y fuertes que las de ese cachorro, pero ambos juegos de huesos protegen nuestros órganos vitales y tienen el peso suficiente para que nos podamos mover.

En el caso de los asesinos de Ruanda, uno de ellos habla de lo blanda que era la carne de sus víctimas cuando les clavaba el machete. Era como cortar madera, pero la diferencia es que el machete entra fácil, no había que hacer esfuerzo. En este momento me toco mis brazos y mis manos. Y reconozco que son suaves y blandas, y que es así la carne de todos nosotros. Estas víctimas probablemente también tenían alguna particularidad en sus manos, también sufrían de uñas débiles, también se les caía el pelo, también los bronceaba el sol. Y siento e imagino el dolor que sintieron cuando el machete entraba en su carne, en su cabeza, en su espalda.

¿Qué sucede en el cerebro de una o muchas personas en el momento en el que falla y no logra reconocerse en la carne de los otros? ¿Qué le lleva tan lejos para no poder sentir que su piel es igualmente frágil, que sus costillas son frágiles, y aún así, son lo único que protege su corazón? Que es el mío, que palpita al ritmo exacto para mandar suficiente sangre a mi cerebro y a mis piernas. Que si mis costillas se parten, probablemente se claven en mis órganos. Que un crujido en las costillas de alguien más puede significar que ya se clavaron en sus pulmones. Que vendrá la asfixia, el dolor terrible, la inmovilidad. Que en ese momento querría estar acostada y quieta, y no verme obligada a huir de un monstruo gigante que quiere acabar con mi vida. Es demasiado el esfuerzo. Si me corto un dedo con el papel, puedo gemir, secarlo con una servilleta y ponerme una tirita. Y tratarme con suficiente cariño para que sane, como si mi dedo fuera mi posesión más preciosa. Y me dedicaré a ello con tranquilidad, a sabiendas de que justo después de cortarme el dedo, nadie se apresurará a atraparme de nuevo y quemarme las manos hasta hacerme llorar. Yo no estoy en ese cuarto feo.

¿Qué falla en el momento en el que un grupo de hombres armados obligan a un joven de diecinueve años a cortar con una motosierra las extremidades de un hombre vivo que está amarrado a un árbol en la selva? ¿Qué es lo que deriva en esa despersonalización, que ya no podemos reconocer sus brazos, sus articulaciones similares, idénticas, a las nuestras?

¿Dónde está el germen de la despersonalización de los demás para el colombiano? ¿Qué nos ha llevado a dejar de ver que cuando hablan de diez personas muertas en una masacre, pueden estar hablando de mí, mi madre, mi hermano, mis dos amigas de la universidad, mi jefe, mis compañeras de trabajo, todos borrados a la vez del mundo?

Cada muerto puede ser usted, cada costilla rota puede ser la suya, cada pierna cortada puede ser la suya. Su carne es mi carne, sus nervios son mis nervios, sus costillas son mis costillas, su dolor actual es mi dolor potencial.

¿Qué falla todos los días en el cerebro? ¿Y en el mundo?

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Usos y costumbres y Periferia

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