por Santiago Macho Jiménez-Ortiz
A veces ocurre que por infinidad de circunstancias nos vemos desbordados por la rutina, que nos arrincona contra la obligación de hacer lo que sea en pro de una causa. Entonces es cuando nuestro espíritu o alguno de sus derivados busca una vía de escape de una forma que puede ser consciente o no. Así fue cómo descubrí a Julio Verne, en una sucesión de descansillos que llegaron a comer terreno a la franja del deber, esto para mí ha sucedido siempre inevitablemente, por mucho que algunos piensen que soy un tipo responsable, pero dejémonos de historias. Julio Verne nació en la ciudad portuaria de Nantes durante la primera mitad del siglo XIX, tiempo de escritores. A instancia de su padre estudió derecho, pero fue en París donde su vocación humanista marcó diferencias en la balanza, mientras frecuentaba los cafés y las tertulias literarias. Su prolija imaginación nos ha dejado más de cincuentas obras, casi todas ellas dispuestas en órbita a un tema central: los viajes.
¿Qué aficionado a la literatura no ha encontrado alguna referencia a este escritor a lo largo de su vida, por corta que esta sea? Quien no esté familiarizado con su prosa descubrirá al atreverse con ella a un sobrio narrador, capaz de hacer volar la imaginación del lector hacia una cantidad colosal de historias. Su talento quizá no esté a la altura de los Víctor Hugo, Dumas o Maupassant, al menos en cuanto a lo literario se refiere, pero sin duda nos encontramos ante un hombre de genio.
Mi experiencia en estas lecturas era (y sigue siendo a mi pesar) incompleta, debido a la utilización reiterada del lenguaje científico en su obra. Este hecho no ha supuesto jamás óbice alguno para la voluntad, pues la fuerza narrativa de Verne es tal (en esto casi podría compararse a Dumas), que atrapa al lector en una sucesión de acontecimientos capaces de transportarle al final sin pestañear. Pero a menudo me asaltaban los fantasmas por el camino, llevándome a sospechar de la veracidad del contenido de ese lenguaje, cuya forma me era del todo ajena. En otras palabras, ¿cuánto habrá de verdad en todo ese galimatías?
Durante este año he tenido la oportunidad de conocer gente dedicada a las ciencias (hasta el momento el único que me inspiraba curiosidad era mi hermano). He conocido matemáticos, físicos y psicólogos, aunque estos últimos no son aceptados en el gremio por los demás, debido a su carácter herético y su tufo humanista, supongo. Entre todos ellos tuve la oportunidad de charlar acerca del particular con un ejemplar peculiar de físico, con el que comparto al menos una de mis aficiones. Don José Luis es un tipo bajito y gallego, con náuticos, de conversación agradable. Por razones que no voy a referir no me toma demasiado en serio, así que durante nuestras charlas no suele permitirme concluir mis observaciones. Pero un día le pregunto por Verne y me confiesa que lo ha leído todo; por supuesto yo me froto las manos en ese momento y le expongo mis dudas acerca de la morralla científica de la obra del francés. Mi sorpresa fue mayúscula: no sólo la gran mayoría de los procesos están explicados de forma concisa, si no que también podían ser considerados originales en el contexto de la época. En ese momento pude atar algunos cabos, pero la conversación fue más allá, don José Luis me contó que había sido el único autor, no sé si atreverme a calificarlo de ciencia ficción, capaz de acertar en todas sus predicciones: el submarino, la telefonía móvil, los viajes a la Luna… etc.
La imaginación al alcanzar estas cotas es inspiradora. Con total certeza habrá un suceso biográfico capaz de aclararnos cómo un hombre de formación humanista ha podido conservar para nosotros un legado científico tan vasto. Sin duda el genio es caprichoso de vez en cuando. El único ejemplo comparable que me viene a la cabeza, salvando las distancias, es el de Dostoievsky. El contemporáneo ruso de Verne fue atormentado durante toda su vida por una enfermedad de la que hasta entonces poco se sabía: la epilepsia. El personaje del epiléptico fue una constante en toda su obra y tema central de una de las mejor consideradas: El idiota. En ella, Dostoievsky hace gala de su profundo conocimiento de las relaciones humanas y moldea con maestría al héroe de su novela: el príncipe Mishkin. El protagonista, hombre de naturaleza noble y bondadosa, es considerado un perfecto idiota por todos y, al sufrir esta terrible enfermedad, se le tacha de loco. Pues bien, es sorprendente la habilidad de Dostoievsky para describir los síntomas de una enfermedad que no pudo ser tratada hasta el siglo XX.
¿Qué sería de mí sin estos descansillos?
Guadalajara, a veintitrés de enero de dos mil doce y sin números.




27 enero, 2012
Literatura